Desde el Evangelio – Celebramos la Pascua

Con gozo celebramos la Pascua del Señor, que es también nuestra Pascua. No contemplamos algo ajeno a nosotros; lo que acontece en Cristo es verdad y camino para nuestra vida. En la Pascua se cumple el sentido del envío de Jesucristo como expresión del amor de Dios por sus hijos, por nosotros: “Si, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envío a su Hijo para juzgar el mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3, 16-17). Somos destinatarios de esta historia de amor que tiene su fuente en Dios y su realización plena en Jesucristo.

Pascua

Esta historia de amor salvífico, que tiene su origen en Dios al enviarnos a su Hijo, encuentra también su razón en nosotros como consecuencia del pecado que ha herido nuestra naturaleza. Si no partimos de la conciencia de nuestra fragilidad, no es fácil comprender el sentido profundo y la necesidad que tenemos de la Pascua. Esta conciencia era muy viva en san Pablo, cuando decía que sentía una división en su interior que le impedía hacer el bien que quería, y hacía el mal que no quería (cfr. Rom. Cap. 7). Para san Pablo la Pascua era el triunfo de Cristo sobre esta realidad de la condición humana, y la posibilidad de superarla participando de su victoria. La Pascua es para el hombre la posibilidad de sanar esa división que le impide vivir el camino de la verdad y el bien, del amor y la paz. La Pascua es liberación de las ataduras del pecado.

Ahora bien, ¿cómo nos apropiamos de este triunfo de Cristo en nuestra vida? Es el mismo quién nos da la respuesta cuando nos habla de enviarnos su Espíritu para comunicarnos su victoria como gracia. Pascua se completa en Pentecostés. Por la fe iniciamos este camino de encuentro con Cristo como don que se apoya en su Palabra, se vive en la Oración y crece en la vida sacramental. Esta es la razón y actualidad de la Iglesia, como comunidad instituida por Jesucristo para dejarnos en ella su Palabra y los Sacramentos. La vivencia de la Pascua, por otra parte, no debe quedarse en la intimidad de una celebración, nos debe hacer testigos comprometidos en nuestras relaciones y en la vida social.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

 

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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Fuente: www.arquisantafe.org.ar
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