Mensaje de Cuaresma 2017

Próximos a iniciar el Tiempo fuerte de Cuaresma, les enviamos adjunto el Mensaje de nuestro Arzobispo Mons. José M. Arancedo para este año 2017; con el deseo de que pueda llegar a cada miembro de la Comunidad Educativa, como material de reflexión y oración que ayude a preparar este camino hacia la Pascua del Señor.

 

MENSAJE DE CUARESMA
Cuaresma, Tiempo de Reconciliación

Al inicio de la Cuaresma escuchamos la insistente exhortación de san Pablo, cuando  nos pide: “Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios” (2 Cor. 5, 20). La palabra reconciliación se encuentra en el centro del evangelio y es signo de un proyecto de vida nueva. He querido en esta Cuaresma detenerme a
meditar sobre esta verdad de la vida cristiana que tiene su fuente en Jesucristo. Ella es anuncio de una Palabra de salvación que enriquece nuestra vida, y nos hace testigos del Evangelio.

Lo que no podía hacer la Ley, reconciliarnos con Dios, nos recuerda san Pablo: “Dios lo hizo, enviando a su propio Hijo, en una carne semejante a la del pecado” (Rom. 8, 3).

Asumiendo nuestra humanidad Cristo nos abre el camino de la reconciliación con Dios, haciéndonos sus hijos por la gracia: “Dios envió a su Hijo… para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos” (Gal. 4, 5). Somos hijos en el Hijo.

Volver nuestra mirada al Plan de la Salvación que tiene su centro en Cristo y en el hombre su destinatario, nos ayuda a comprender el significado de este camino de Dios que es la verdad siempre nueva de nuestra fe. Considero útil, y les recomiendo, hacer en este tiempo una lectura pausada de este plan de salvación del que somos parte y llamados a ser sus testigos, por ejemplo, como nos lo presenta el mismo san Pablo en el primer capítulo de la carta a los Efesios.
El primer fruto de la reconciliación es la paz con Dios y con nuestros hermanos. Ella recrea nuestra condición de hijos respecto a Dios, y de hermanos entre nosotros. No podemos, a partir de este encuentro con Cristo, separar a una de la otra, diciendo: yo me reconcilio con Dios, pero no con mi hermano. La primera es fuente y camino,
la segunda es signo y testimonio de la primera. Sabemos que la meta de una vida cristiana, y en ella especialmente la reconciliación, no es fácil, pero es un camino que debemos transitar como nos lo recuerda san Pablo: “Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo en carrera con la esperanza de alcanzarla,
habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús” (Flp. 3, 12). Cuaresma es un tiempo privilegiado para revisar este proyecto de Dios en nuestras vidas.

La liturgia va a acompañar y orientar nuestro corazón en este proceso de conversión. El lugar decisivo es la persona de Jesucristo, el encuentro con él. Esta es la primera tarea que debemos emprender para alcanzar nuestra reconciliación con Dios y recuperar con él y desde él, esa paz y alegría que nos permita ser testigos gozosos de
esta vida nueva. El camino de la reconciliación nos habla de humildad, espíritu de comunión y capacidad de perdón; no encerrarnos en nuestras pequeñas razones o justificaciones; sanar heridas y tender puentes de encuentro. Es necesario, para ello, una mirada sincera a nuestra vida y relaciones, no temer reconocer errores. No seamos jueces cómplices de nosotros mismos, que sea la misma palabra del Señor la que nos juzgue. En ella vamos a encontrar la mirada del Señor, que tiene esa paternal exigencia del amor auténtico que busca nuestro bien; ella es puerta y camino hacia la reconciliación con Dios y nuestros hermanos.

Cuaresma como tiempo de gracia nos invita a: “recomenzar desde Cristo (Ap). Interiorizar esta propuesta en lo concreto de nuestra vida es el desafío de la fe, que cuenta y necesita de la presencia del Espíritu Santo. Somos conscientes de nuestra Arzobispado de Santa Fe de la Vera Cruz, República Argentina, fragilidad y resistencias, que no nos ayudan a ser testigos fieles de esa fe que predicamos. No debemos acostumbrarnos a bajar la altura del ideal al que estamos llamados, que es alcanzar: “la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef. 4, 13).

No es posible pensar este proyecto de Dios manifestado en Jesucristo, sin vivir el presente con la esperanza de ese horizonte de eternidad que da sentido y plenitud a la vida de fe.
Me refiero al tema de la escatología, la vida eterna, el cielo, que no es algo solo del futuro, sino una realidad que actual que orienta y da fuerza a nuestro caminar (cfr. Spe Salvi). Cuando el presente se convierte en un absoluto y olvidamos este horizonte trascendente para el que hemos sido creados, nuestra vida se empobrece y la esperanza se diluye porque se ha debilitado la fe. Recordemos el simple diálogo del bautismo: ¿Qué pides a la Iglesia? La fe. ¿Qué te da la fe? La vida eterna. La falta de esta dimensión nos lleva a esa medianía espiritual y apostólica que nos instala en lo pequeño y opaca nuestro testimonio, perdemos el sentido de gratuidad y se disminuye el entusiasmo misionero de la fe como su espíritu de entrega y conversión, que son signos claros de crecimiento espiritual y eclesial.

La dinámica de un auténtico espíritu de reconciliación nos debe llevar a sanar heridas y a elevar el nivel de nuestras relaciones, sobre todo en los ámbitos más personales, sean familiares o al interno de la misma Iglesia. Predicamos la
fraternidad, incluso sacramental como sacerdotes, y no siempre nuestras relaciones dan testimonio de esa misma fe. A mí me impactó mucho, y me pareció exagerado, cuando Benedicto XVI refiriéndose a la Iglesia utilizó aquellas duras palabras del cap. V de san Pablo a los Gálatas; luego valoré su libertad para hablar, como el significado paternal de su corrección. Hago estas breves reflexiones pensando que nos pueden ayudar en este tiempo de gracia de la Cuaresma a “recomenzar desde Cristo” en nuestras vidas y relaciones.

La reconciliación es gracia, pero necesita de nuestra apertura, disponibilidad y deseo de conversión para vivir con alegría las exigencias del evangelio como una vocación que nos ha cautivado, que la hemos aceptado y nos compromete. Esto también es gracia y hay que pedirla. Diría que el camino de la reconciliación, que tiene su fuente
en Dios y su realización en Cristo, necesita de la intimidad de una conciencia formada en el evangelio y vivida en un marco de oración. No hay otro ámbito. En Cuaresma vamos a volver a escuchar esa enseñanza de Jesús que siempre debemos tener presente: “cuando ores, nos dice, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt. 6, 6). La gracia de la reconciliación es parte de esa recompensa de Dios que “ve en lo secreto”. No es obra nuestra, pero ella necesita de nuestro sí y espíritu de conversión.

Queridos hermanos, me hace bien pensar que con cada uno de nosotros ingresa la Iglesia en este tiempo de gracia. Somos parte viva de Ella, esto nos compromete.

Que vivamos la Cuaresma con espíritu de purificación y oración, para “dejarnos reconciliar con Dios” y ser sus testigos ante nuestros hermanos. Reciban, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe. Amén.
Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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