Desde el Evangelio – La confianza en Dios

El evangelio de este domingo comienza con una frase que habla de una actitud de nuestra fe, y que está llamada a vivirse en este mundo: “No teman a los hombres” (Mt. 10, 26). No se trata de la seguridad de quien se siente fuerte y se prepara para una guerra, sino de la certeza de que Dios es un Padre providente que no olvida ni abandona a sus hijos. La fe nos da una profunda autoestima que se basa en la conciencia de nuestra dignidad de sabernos hijos de Dios. Esta es la fuente de nuestra seguridad. El que nos dice esto es Jesucristo, y es él quien nos anima a no temer. Vivir en la confianza de Dios es propio de esa sabiduría que nace de la fe y nos hace libres. Me viene a la memoria la oración por la Patria que tanto rezamos: “Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios”.

La confianza

Es esta confianza la que nos da la fuerza para vivir y anunciar el Evangelio. Es más, diría que la confianza en Dios es fuente y signo de una vida apostólica comprometida. Por momentos pienso que la falta de entusiasmo apostólico en la Iglesia se debe a que referimos todo a nuestras fuerzas e intereses, y luego ponemos la confianza en Dios. Deberíamos empezar al revés, lo primero es Dios en quien pongo mi confianza y luego valorar el alcance e importancia de los instrumentos que necesitamos. La primacía la tiene Dios. Después de hablarnos del cuidado que Dios tiene por la naturaleza, Jesús concluye: “No teman entonces, porque (ustedes) valen más que muchos pájaros” (Mt. 10, 31).

Esta libertad y fuerza que nos da la confianza en Dios para asumir nuestra vida y predicar el evangelio, incluso en la adversidad, es para Jesucristo la presencia del Espíritu Santo en nosotros que lo compromete y lo lleva a decir: “Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, Yo lo reconoceré anta mi Padre que está en el cielo” (Mt. 10. 32). En lo cotidiano de la historia ya vivimos lo definitivo de nuestra vocación trascendente. Hay una sola vida en dos actos. Es bueno, en este sentido, recordar el testimonio que dieron los apóstoles ante la prohibición que le habían impuesto de predicar a Jesucristo, vemos en ellos la fuerza de esta confianza en Dios que los lleva a declarar: “Pedro, junto con los Apóstoles, respondió: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech. 5, 29).

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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Fuente: www.arquisantafe.org.ar
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Desde el Evangelio – Solemnidad de Pentecostés

Con la celebración de Pentecostés se inicia una nueva etapa en la Historia de la Salvación que podemos llamarla el tiempo de la Iglesia, como presencia e instrumento de la obra de Jesucristo. La Iglesia es, decían los Padres, como la luna, no tiene luz propia la recibe del sol que es Jesucristo, pero es consciente de su verdad y misión en el mundo. Por ello, cuando la Iglesia no mira primero a Jesucristo sino que se mira a sí misma, se oscurece, corre el peligro de la auto-referencia y pierde la luz que le da sentido, queda una estructura sin vida. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, él viene para animar y dar vida a esta realidad sacramental que Jesucristo ha fundado sobre los apóstoles.

pentecostes

Esta continuidad con la obra de Jesucristo es clave para hablar de Pentecostés y la Iglesia, como nos enseña el Concilio Vaticano II: “Consumada la obra que el Padre confió a su Hijo en la tierra (cf. Jn. 17, 4), fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que santificara a la Iglesia” (LG. 4). Al Espíritu Santo le corresponde la misión de interiorizar en nosotros como gracia, la obra de Jesucristo. En Pentecostés se hace pública la presencia de la Iglesia, ya instituida por Jesucristo y que recibe en el Evangelio su carta fundacional. Por ello, cuando rezamos el credo luego de manifestar nuestra fe en Dios Padre como creador, en el Hijo como redentor, decimos “creo en el Espíritu Santo y la Santa Iglesia Católica”. La fe en Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, nos introduce en la continuidad de este camino único de amor y de vida para el que hemos sido creados.

La escena de Pentecostés que leemos este domingo en el evangelio de san Juan, nos dice que: “Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: ¡La Paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo” (Jn. 20, 21-23). Hay tres realidades en estas palabras que nacen del encuentro con Jesucristo, y se hacen vida por el don del Espíritu Santo, que marcan el estilo de vida de un cristiano: Alegría, Paz y Misión. A esto estamos llamados. No se trata de una utopía sino de una realidad posible, que es fruto de la presencia del Espíritu Santo.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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Fuente: www.arquisantafe.org.ar
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